
Crónica - Victorica
22 de mar de 2025
¿Qué podría ser más económicamente absurdo que emplear preciados recursos naturales, tiempo, energía y talento humanos para crear productos que, más temprano que tarde, serán desechados, incluso mucho antes de completar su ciclo de vida? ¿Hasta dónde es capaz de llegar el ímpetu de progreso que convierte la realidad en una dimensión trágica, misteriosa y cuestionable a la vez? ¿En qué medida la violencia sistemática que ejercemos sobre la tierra para impulsar esa “evolución creadora” incide en nuestro modo de ver, pensar y sentir, sin que siquiera seamos conscientes de ello? Y, sobre todo, ¿cómo hacer para detener la compulsión de consumo sin sentido que altera el ritmo íntimo de nuestra existencia?
Si en su origen el carnaval fue motor de sociabilidad y antídoto contra el orden social, capaz de crear un clima de permisividad apto para la incorrección política; en la exposición de Elisa Insua la parafernalia moldea la idiotez humana, empeñada hoy más que nunca en la autodestrucción de la especie y su entorno.
Su propuesta es especialmente atractiva, porque establece un juego visual dado por capas. La más visible es indudablemente estética. Texturas brillantes, colores estridentes, simetrías obsesivas y objetos que son un auténtico flechazo al corazón. La otra es simbólica, apela a la emoción causada por el impacto del que se desprende el mensaje. Juntas crean una alquimia hipnótica entre cultura material y consumo masivo. Pero hay algo más: el ingenio de Elisa para poner en diálogo crítico ambas.
Un cuadro aparentemente negro se convierte de cerca en un smart tv que transmite la película de la desidia plástica, repleta de iconografía fetichista. Un montón de placas electrónicas verdes recubren un meteorito cuyo estallido amenaza con aniquilar al ser humano. Un rascacielos revestido de falsas joyas se erige cual tótem moderno, pero visto al revés, es un martillo neumático, herramienta industrial por excelencia. Todos artefactos fabricados con los restos de la decadencia.
DINAMITA CARNAVAL es una exposición política porque invita a repensar nuestra capacidad de agencia. Sin duda la complejidad enraizada en lo más hondo del alma social trae aparejada múltiples males, muchos de los cuales no podemos controlar; pero preguntarnos qué consumimos y por qué lo hacemos puede ayudarnos a vivir mejor, ya que eso está directa o indirectamente vinculado con casi todo lo que nos produce algún daño.

