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EL MAMUT: VOLVER ÉPICA LA EXISTENCIA

Crónica

22 de nov de 2023

¿Podremos, todos juntos, hacer de la voz, la mirada, el cuerpo, territorios de mutación salvaje y desafiar las convenciones que nos unen? ¿Podremos, todos juntos, convertir el asombro en una práctica experimental y creativa que de sentido a la existencia? Así se mueve El Mamut, el ritual que fusiona poesía, parrilla y perreo, en Plataforma Nave, un espacio al aire libre en los bosques de Palermo frente al Planetario. Sin trampas, con erotismo lúdico, asumiendo la absurdidad del mundo.


ACTO DIVINO


Bajo un cielo sin dioses las personas se amontonan frente al escenario donde un horizonte caribeño de palmeras y mar turquesa engaña el frío caníbal de este sábado. Acá expresarse es mutuo alimento: hay mezcla de palabras y voces que se funden en atuendos rebosantes de vida y color. Hay improvisación, besos furtivos, arrumacos y sonrisas contagiosas. Hay pasitos para acá y pasitos para allá. Hay pasto, vino, birra y rancheo. Hay grupos de amigos, hay parejas, hay jóvenes y algunos adolescentes que van llegando hacia el final. Hay platos veganos y de bodegón. Hay euforia y devoción. Hay libertad para disfrutar sin culpa ni disimulo. Para ser uno mismo, para volverse otro. Y la sensación latente de que todo puede pasar y todo pasa. Hay, en fin, un soplo vital inédito.


Es el momento en que el atardecer se transforma en noche y la música comandada por la DJ brota de los parlantes y hace eco en movimientos tentaculares que pisan la pista pintada de neón. Sobre una pared lateral de ladrillo un cartel reza: “En el barrio bailamos cumbia, porque mover el culo es sinónimo de trabajo”. Sí. Se puede bailar con palabras. Se puede leer con el cuerpo. Justo debajo del escenario hay una tarima de madera donde alguien se sube a menear al ritmo de Amar Azul. La siguen una, dos, tres personas. Cantan a coro, aflojan los gestos, sacuden los brazos con desparpajo. Abajo los cuerpos sensibles, y con varias capas de ropa, crean un trencito que compite con los dos trenes que pasan en direcciones opuestas por encima de los arcos e interceptan latidos con su aplastante sonido. No hay pose. No actúan. Están impregnados de goce insolente.


“[El Mamut] Me hace bien y siento que me ayuda a expandirme. Es un encuentro hermoso en lo colectivo y siento que cada uno es lo que es y está todo bien.” Camila, 26 años. Bailarina y coreógrafa.


¿Cómo separarnos del curso ordinario de la experiencia mundana y hacer del baile un movimiento rítmico que nos conecte con lo sagrado? ¿De qué manera -parafraseando a Virginia Woolf- podemos tomar el dolor en una mano y el sonido en la otra, fusionarlos y descubrir que una nueva palabra se revela?


Si en el origen, los pueblos primitivos -ignorando la división entre trabajo y ocio- rehacían por completo su aquí y ahora a través de los ritos, pasando del caos al cosmos, reinventándose en cada celebración; hoy revitalizar las formas rituales se vuelve una manera de generar la energía extraordinaria que nuestra mente y cuerpo necesitan para inspirarse y seguir creando. Es en la fiesta donde se fusionan todos los modos de expresión y la experiencia colectiva renueva su fuerza. En un mundo dominado por identidades fragmentarias, fomentar vidas colectivas se transforma en catalizador para paliar la incertidumbre y, también, la certeza de finitud.


“Me encanta que El Mamut no termina de caer en ninguno de los dos lugares, la poesía y la fiesta. Ese intervalo que tiene siempre me resulto muy atractivo. El hecho de que sea intermitente hace que uno pueda discurrir entre una cosa u otra y la energía no se agote. Eso me parece increíble, sumado a la comida que es espectacular, la música que suele ser muy divertida, estar al aire libre y que últimamente sea al lado de unas vías del tren le da mucha mística. Yo a veces digo que voy a misa cuando hay Mamut los domingos.” Manuela, 25 años. Actriz y locutora.


(RE) NACIMIENTO


¿Cuándo, dónde, cómo comienza a gestarse algo nuevo? Para Simur, Maru y Toti, tres amigos muy fans de la escritura y la poesía, fue a finales de 2018. No tenían un plan maestro, pero la sensación de una falta de correspondencia entre lo que sucedía arriba y abajo del escenario en la escena cultural local e independiente de aquel entonces los motivó a crear hasta el más mínimo detalle de un acontecimiento total. Así dieron vida a El Mamut, una experiencia estética integral guiada por la atracción y la simpleza. Organizada en dos momentos -poesía y baile- alternados con ricuras para sorprender al estómago y refrescar la lengua, el encuentro habilitó un tiempo fuera del tiempo.


Desde el inicio el nomadismo fue su rasgo clave. Así, El Mamut que había despertado en el calor hogareño (la primera edición se hizo en la casa de Toti, en Florida, Vicente López), empezó a moverse entre el Conurbano y la Capital Federal. Paso a paso recorrió ocaciones (casas, clubes, centros culturales, terrazas); alternó horarios entre el día y la noche; y descubrió el gusto gastronómico del público que iba llegando con el boca a boca.


“El Mamut se presentó como una suerte de evento con una oferta cultural interesante, un mix bastante mix. De por sí, es muy cultural de parte de les peruanes que nos guste la fusión, entonces esa fusión me pareció interesante. Ahora en Lima, que es desde donde yo vengo, no hay mucha oferta cultural variada. Y si hay, están bien segmentadas y es complicado que se genere un círculo más grande de artistas.” Alons, 27 años.


Cuando la convocatoria superó las 200 personas, el mamífero gigante dio un salto acorde y, en diciembre 2021, se alojó por primera vez en la Sala Siranush, ubicada en Palermo. Aprovechando esa concurrencia, la entrada pasó a ser un alimento no perecedero que es donado a “El Comedor de Santi”, un espacio en el barrio porteño de Saavedra donde adultos y niños se sientan a la mesa todos los mediodías. Claro está, cada mutación es resultado de una planificación estratégica e ideológica.


PURIFICACIÓN


“Perdón que haga este comentario, pero voy a pedir silencio, se escuchan unos murmullos por atrás, yo me estoy exponiendo, abriendo el alma acá y escucho que están hablando, mínimo pido un poquito de atención y respeto con los performers. Gracias. (...) Este poema se llama Petición de silencio.” La carcajada espasmódica quiebra la masa muda. El que habla es Demi Roch, actor y tiktoker. “No, no se lo tomen personal, de hecho, son un público increíble, una atención, una escucha activa hermosa. El público de El Mamut es espectacular. Cuando hay que bailar, bailan. Cuando hay que escuchar, escuchan, incluso con el frío ahí, apapuchados. Les pido un fuerte aplauso para ustedes.” Las palmas acompañan obedientes. “Este poema se llama Demagogia del performer”, redobla la apuesta la voz oficial de icónicos personajes de Cartoon Network, y se entrega a la ovación. La segunda tanda de poesía acaba de comenzar.


La exigente Idea Vilariño decía que “un poema es un franco hecho sonoro -sonidos, timbres, estructuras, ritmos-, o no es”. Claro que la poesía es mover la lengua para que suenen palabras, pero acá, también es justicia expresiva. Una manera de mirar el mundo que le quita énfasis a las figuras retóricas y referencias culturosas, y privilegia la experiencia vivida.


“Te imagino toda conurbana, perdida en las calles porteñas, con los auriculares puestos en el subte, escuchando alguna cumbia colombiana ...”, ahora lee El Freud de la Villa. Lo que sigue después es tan cercano como palpable. Habla de la sensación de frustración cuando el amor no correspondido se empalma con la resignación. El Mamut genera conexiones inesperadas surgidas del diálogo entre lenguajes y artistas, atravesadas por un espíritu popular y la vibra descontracturada del barrio.


HONRAR LA VIDA


Desde hace casi cinco años, El Mamut se reinventa en progresivas y ordenadas transformaciones y se expande hacia nuevos horizontes: visitó el Partido de la Costa y la provincia de Córdoba, en Argentina. También paseó por Alemania, España, Italia, Portugal. Y el sueño federal está latente. Ahora su recorrido puede seguirse en instagram (@elmamut.100). Ya son más de 1000 personas las que expían en esta experiencia urbana. También el equipo se amplificó a más de 40 personas entre las áreas de video, fotografía, gastronomía, administración, diseño gráfico, seguridad y limpieza, con Toti y Simur a la cabeza.


Ellos hicieron de sus ganas de disfrute y celebración íntimas momentos de desahogo colectivo, que expresan una adhesión mental de la que no siempre se es consciente y puede, incluso, vivirse de manera heterogénea. Pero, sin duda, posibilitan transitar la vida dándole sentido y recuperando la confianza ésta.


Tal vez por eso, El Mamut signifique para quienes participan entrar en una dimensión capaz de revelar aquello que antes estaba oculto ¿qué es el surgimiento sino una verdad íntima y sagrada? Tal vez por eso, puede que un día se despierten, purificados y convertidos, y descubran que la felicidad está en el presente.

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